Los Corrales de la Muerte. El Alto del Carnero


Los Corrales de la Muerte. El Alto del Carnero





Cuantas veces nuestros padres nos decían: “venga, vete o iros a jugar al alto del carnero o detrás de los corrales”, y nosotros encantados de irnos a pasar con nuestros paisanos, de similar edad, el tiempo que teníamos para la distracción, y allá que nos íbamos.  Nos acercábamos hasta las inmediaciones de la iglesia del pueblo donde jugábamos a los diferentes juegos que se solían practicar en cada momento, canicas, chicha etc. Por nuestra mente jamás pasaba, porque a ese espacio aledaño al templo, se le daba ese nombre aparentemente tan animalesco, (el alto del carnero) y en el mismo espacio, (el corralito).

Cuando vamos creciendo y te vas acercando al mundo de la cultura a través de la lectura de obras literarias, vas descubriendo en algunas de ellas, lugares con esos nombres y su correcta explicación. En cheles tenemos dos espacios adyacentes a la casa de Dios que tienen que ver o están relacionados con los muertos: el carnero y el corralito.

Los corrales, y corralitos, eran cementerios civiles y no cristianos, donde se solían enterrar a suicidas, niños no bautizados, extranjeros no católicos, descuartizados por la justicia, en definitiva, y según la creencia del momento, malos españoles que no tenían derecho, siempre según el hombre, que no Dios, de poder ganar el cielo o la gloria.

Estos campos malditos y no considerados camposantos, eran verdaderamente temidos por las familias que pudiesen tener la muerte en sus casas de un niño no bautizado, algo muy normal en siglos anteriores, por el alto índice de mortalidad infantil de bebes recién nacidos. Estos enterramientos solían ser clandestinos, por las noches, no podían asistir testigos ni hacerse ceremonias, aunque la víctima fuera inocente, sobre ella caería la maldición de ser expulsado de la tierra cristiana aceptada como camposanto de Dios.

Hace muy pocos años un grupo de mujeres que trabajaban para el Ayuntamiento limpiando con sus pequeñas azadas el famoso corralito, cavando en un determinado lugar, comenzaron a salir huesos de niños recién nacidos. Llamaron a una responsable de la parroquia y esta llamó al sacerdote, quién dijo, que aquello se parase, y siendo recogidos los huesitos de esos santos inocentes, fueron vueltos a enterrar en el rincón derecho del corralito. Al espacio o enterramiento les pusieron unas lanchas que aún hoy se puede ver.



Mientras tanto, la Iglesia, se esforzaba por reservar los lugares consagrados solo para aquellos que morían en regla con ella.

Los llamados corrales o corral de los ahorcados o de los suicidas, estaba anejo al cementerio católico, donde se enterrarían a estas personas, pero su puerta de entrada al igual que el espacio, estarían fuera del perímetro considerado sagrado.

La capacidad de los pequeños cementerios intramuros fue suficiente y no hubo grandes problemas de espacio funerario. Pero esta adecuación se rompía en el momento que estallaba una grave epidemia pestilente, elevándose de manera brutal el número de víctimas. Cuando esto ocurría, los servicios que ofrecían las sepulturas parroquiales se mostraban incapaces de hacer frente a la tragedia colectiva que se abatía sobre la población. Eran desbordados por la gran cantidad de personas que fallecían y que había que inhumar de forma apresurada, y para eso, estaban los famosos carneros.

EL CARNERO


Hasta prácticamente mediados del siglo XIX, las personas se enterraban en los pisos de las naves de las Iglesias, en criptas si las hubiese o bóvedas subterráneas como los enterramientos que se encuentran en la ermita del Santo Cristo. Existía un criterio de jerarquía que reproducía el orden social estamental de los vivos, los más privilegiados debajo del altar y en la nave principal, los más pobres, por todo el espacio interior de la iglesia o fuera de la misma en cementerios aledaños considerados católicos. En la parroquia de Cheles y bajo el tabernáculo o altar, están enterrados a mano izquierda los condes de Cheles con su lápida correspondiente y los sacerdotes a la derecha con su estela que los identifica. 

Junto a la iglesia de Cheles había unas dependencias llamadas carnero, otra llamada osario y en algunas localidades, que no en Cheles, los famosos calavernarios. El carnero se utilizaba para cuando se exhumaban cadáveres que no estaban consumidos, sobre todo en épocas de epidemias importantes, que obligaban a tener que sacar al muerto de su tumba y depositarlo antes de su tiempo en dicho lugar. Por eso se llamaba carnero, porque todavía quedaba carne sin consumir. Los osarios eran para los cadáveres que no se conservaban más que los huesos, y los calavernarios, eran para depositar las calaveras que eran puestas en orden como en estanterías.

También se les llamaba carnero a las fosas comunes que en época de epidemias se abrían para poder dar sepultura a un mayor número de personas por las razones indicadas.

A partir de ahora y cuando pasemos por los alrededores de la Iglesia o la parte interior de la misma, acordémonos que estamos pisando tierra de difuntos, algunos malditos y otros no, y que sus nombres nos están diciendo para que sirvieron: el corralito, los corrales y el canero.



Me consta que muchas personas desconocen esta realidad, pero sobre todo los niños, qué ya no escuchan la palabra carnero o corralito, ni que función desempeñaron en su momento. Ésta es la razón de este pequeño artículo, aportar un pedacito de historia de nuestro pueblo, que se puede ir perdiendo, sino vamos recuperando en escritos como este. Y no olvidar el adagio que aún al día hoy escuchamos en algunas personas mayores: Dios nos los libre de esos males y que nos dé una buena muerte. El fin moral de este refrán era recordar dos cosas esenciales: primero, la incertidumbre de la honra de la muerte; por eso había que estar siempre preparados para tener una “buena muerte” y pedir, que no ocurriesen desgracias como el suicidio o la muerte de un recién nacido sin estar bautizado. Entre otras razones, porque en momentos anteriores y cuando todo esto estaba vigente, los familiares de estos “desgraciados” no podían ni tenían derecho a ponerse luto por ellos. “Virgen Santísima, que Dios nos coja confesados”, lanzaban al aire todo aquel que hablase sobre esa realidad que había sucedido en su momento. Y es que como decía Sancho Panza a D. Quijote en la extraña aventura que le sucedió al valeroso caballero con el carro o carreta de la muerte: -Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres…

La cuestión del enterramiento en el interior de los templos fue un tema planteado a lo largo del Setecientos, tanto por la Iglesia como por el Estado. En 1784 Carlos III dispuso que a partir de entonces los cadáveres no fueran inhumados en los templos. Sin embargo, la aplicación de esta orden se dilató al menos hasta la primera década del siglo XIX, tanto por las limitaciones presupuestarias de las administraciones parroquiales como por las resistencias de los feligreses.



Esta cuestión se abordó de forma definitiva con ocasión de la epidemia experimentada en la Villa de Pasage, Provincia de Gupúzcoa, el año de mil setecientos ochenta y uno, causada por el hedor intolerable que se sentía en la Iglesia Parroquial de la multitud de cadáveres enterrados en ella. El 3 de agosto de 1784 una real orden dictada en este sentido por Carlos III disponía: que a partir de entonces los cadáveres no fueran inhumados en las iglesias.


La Iglesia se hacía eco de la opinión del monarca sobre que «se hace insufrible el mal olor que despiden los cadáveres, lo que retrae a muchas gentes de la concurrencia a sus parroquias, y les precisa irse a otros templos, en los que no son tan frecuentes los entierros». Y es que, en efecto, el templo, «es un lugar destinado para ofrecer a nuestro Dios y Señor los sacrificios santos y puros: en donde nos congregamos para unir nuestros votos, é implorar la protección del Cielo», y por ello «debe estar limpio, aseado, y muy distante de toda corrupción».
Al menos, para la historia de Cheles, nos quedan los topónimos referidos con los que comenzamos este artículo y eso ya nos vale, para entender y comprender, el traslado de los muertos a cementerios fuera de la población.
Siempre nos quedará, al menos para los creyentes, la seguridad de entender y creer, que aquellos niños y personas fallecidas por circunstancias anómalas, niños no bautizados, suicidas y otros, por mucho rechazo que tuviesen y sus tumbas estuviesen fuera del lugar sagrado, por decisiones humanas, serían perfectamente bien recibidos y aceptados, por los auténticos acogedores de las almas. 


 Queridos lectores, acercaros a la historia, porque los sucesos y crónicas del pasado son cultura, y la cultura, no es enemiga de nadie.

SED FELICES E ILUSTRAROS






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