Cheles: Villa de Contrabandistas y barqueros.


Cheles, Villa de Barqueros y Contrabandistas.






Los acontecimientos históricos que envolvieron a la villa de Cheles, desde tiempo inmemorial, vienen datados y confirmados por los diferentes hallazgos realizados en su suelo por determinados grupos de arqueólogos a principios del siglo XXI. Una realidad documentada, que le da a la antigua población cercana al río Guadiana, y en tierras de San Goldofre, una presencia viva como sociedad estructurada desde hace miles de años. Los ejemplos más evidentes los tenemos en época romana, donde dicho poblado aparece como pueblo fortificado y con un pequeño puerto junto al río, que servía de carretera fluvial para la navegación y para el comercio en dicho espacio.
  
Durante el dominio musulmán, los molinos harineros proliferaron en ambas márgenes del río, con sus particulares construcciones, siendo los barqueros los encargados de llevar y recoger el trigo y otros cereales. Con este trabajo, se convertirían en los auténticos dominadores y conocedores del Guadiana y sus corrientes.

A finales de la Edad Media, Castilla y Portugal eran dos territorios claramente distintos que contaban con características propias. Los dos reinos eran diferentes y en cada uno de ellos se producían bienes diversos, qué en muchas ocasiones, interesaban y eran demandados por el territorio vecino. Esta situación explica, la existencia de un intercambio comercial entre ambos países, que se realizaba tanto por tierra, a pie, a caballo y por el río, gracias a los fornidos recios y robustos brazos de los diferentes remeros. El comercio terrestre se desarrollaba por la frontera seca entre Olivenza y Cheles, mientras, que el conocido tráfico, por la frontera húmeda, se propiciaba a través de los diferentes puertos, en época de estío, por la siempre viva e impetuosa lámina superficial del caudal del Guadiana. Los barqueros durante la Edad Media, y prácticamente hasta casi mediados del siglo XX, vivían establecidos en chozas y algunas casas de adobe al lado de los márgenes del gran río.

Situémonos en el entorno del pueblo de Cheles y más concretamente en el paraje conocido como Huertas de San Goldofre, en dicho espacio poblacional y a finales de la Edad Media, el comercio entre Terena y Cheles era una realidad manifiesta, así como las buenas relaciones existentes entre ambos remeros por ordenes gubernativas de los dos reinos.

<<Aguas arriba, una barca cruzaba el Guadiana entre Terena y Cheles. Su mantenimiento y los rendimientos que se obtenían de ella eran compartidos por el portugués Simáo Freire y el castellano D. Francisco, Señor de Cheles. El barquero que conducía la barca era de Cheles por estar esta localidad más cerca del lugar de la rivera donde estaba el puerto fluvial, que se llama puerto del Rey; este nombre se debía, a que según los testigos antiguamente, el puerto y los derechos de la barca habían pertenecido al Rey de Portugal>>[1]

Esta realidad nos demuestra, qué en momentos medievales, las relaciones, al menos en este espacio de frontera húmeda, eran más que saludables. Los barqueros eran conscientes de que la delimitación de ambos países había que respetarla, así como las leyes impuestas sobre ambas fronteras. Los testigos dan fe de las buenas relaciones existentes entre las comunidades de ambos reinos y la inexistencia de conflictos, que ellos mismos justifican, por el respeto a las normas a la hora de construir molinos y de utilizar la ribera en favor de ambas orillas. La convivencia es tan buena, que incluso, como narra el documento, el portugués Simao Freire y el Señor de Cheles, comparten el mantenimiento y los beneficios de una barca que atraviesa el río.[2]



Los barqueros del Guadiana, a su paso por Cheles, fueron siempre la esencia y el alma de los necesitados vecinos de la villa fronteriza. En momentos de fiesta y alegría, los bateleros del lindante, contiguo y rayano caudal, llevaban y trasportaban en sus barcas romboidales, pintadas algunas verde y otras de marrón, a sus risueños vecinos hasta los festejos y verbenas de las poblaciones limítrofes y aledañas.

En momentos de dolor, de tragedia y desconsuelo, estos eruditos y expertos naturales del organigrama físico del Guadiana, contribuyeron con su leal, sincero y magnánimo esfuerzo, a la recogida de personas ahogadas que habían quedado asidos y sujetos en determinados espacios sumergidos del río que solo ellos conocían. Junto a estos dos sucesos y acciones ejercidas por los barqueros en momentos puntuales, los mismos se caracterizarían por una forma a un más antigua y tradicional de ganarse la vida en dicho ámbito y contexto natural, el contrabando.

La misión del barquero, ante la realidad del contrabando, iba a ser decisiva y capital para el traslado de las diferentes mercancías todas ellas necesarias en tiempos de contienda civil. En algunas localidades como Cheles, la situación de penuria y hambruna generalizada, que sucedió a la guerra civil española, llegó a incentivar la economía local de la población desarrollándose de manera vertiginosa una incipiente industria en torno al contrabando de harina y la fabricación de panes; dicha industria tenía en los molinos fronterizos portugueses sus principales puntos de abastecimiento. La barca y el baquero iban a ser los elementos necesarios, para que el desarrollo del contrabando siempre llegase a buen fin. Los remeros que vivían cerca del río anunciaban y advertían a otros contrabandistas que venían andando desde la villa, si la zona estaba despejada o no de sus máximos adversarios, los carabineros o la guardia civil.



Los más viejos recuerdan la imagen de los contrabandistas vadeando el río, atravesándole a nado, en barco o descansando en sus orillas, siempre con la mochila o carga de café a cuestas, en invierno y en verano, de día y sobre todo de noche. Estos peregrinos de la vida, eran por lo general, personas de procedencia humilde, que se habían visto obligados a practicar esa actividad para subsistir; algunos ejercían la profesión por legado paterno, eran hijos de contrabandistas a los que sus padres les habían iniciado en el oficio. Lo mismo ocurría con los barqueros del Guadiana fronterizo, dicha profesión y todo lo que ella encierra de sabiduría ecológica y natural, pasaba de padres a hijos, como uno de sus mejores tesoros a entregar. Por lo tanto, tenemos que decir, que el barquero y pescador, que también lo era, fue el principal referente tanto para los contrabandistas como para los guardias. Para los contrabandistas eran un potencial aliado, querido y deseado, mientras que para los guardias civiles constituían un importante punto de referencia para conocer los tránsitos clandestinos de los otros. Importunaban a los pescadores o barqueros del río, confiscándoles sus barcos y quemándoles sus redes si no se hacían socios, exigiéndoles una cierta complicidad o la prestación de determinados servicios.



El barquero optaba por aliarse con los contrabandistas ayudándoles a pasar el río con sus barcos, entre otras razones porque ellos también desarrollaban el contrabando y eran ejes importantes para tal fin en el entorno.

En aquellos primeros años de miseria generalizada, casi todos los habitantes de Cheles directa o indirectamente tuvieron alguna relación con el contrabando, incluido algún que otro cura de la localidad, participaba de estas maniobras rayanas. Los portugueses conducían los carros cargados hasta la misma raya portuguesa, donde se descargaba y se preparaba la mercancía para su trasporte hasta España, esperando siempre la llamada o señales de los contrabandistas. Una vez llegada la mercancía a la localidad, la mujer chelera tendría un papel importantísimo en su distribución y reparto, convirtiéndose en una matutera más en pro de su sobrevivencia y la de otros.

Algunas eran verdaderas activistas del estraperlo, llegando con burros y mulas hasta las orillas de Guadiana, avisar por señales al portugués, poseedor de la mercancía, y este acercar la misma con su barca hasta el lugar donde se encontraban las intrépidas y valientes mujeres. Kilos de oro negro que ellas mismas distribuían por el municipio como miembros vivos y activos del contrabando. Otras mujeres se dedicaron a pasar medicinas, harina, azúcar, pan, o aquellos víveres que pudiesen necesitar para sus casas o encargos de vecinos, llegando hasta Montes Juntos y otros pueblos cercanos para completar su arriesgada misión. Debido a la gran camaradería, a veces familiar o amistosa, las mujeres cheleras llevaban chocolate, caramelos, zapatos o aquello que les encargaban los vecinos de la otra orilla.



En casi todas las casas de los cheleros había hornos de pan tradicionales; una vez que la harina portuguesa se encontraba a buen recaudo dentro de la localidad, las mujeres la amasaban en sus casas y la convertían en panes de un kilo y de kilo y medio. Hubo mujeres que al tener barcas sus maridos, transportaban más cantidad de harina convirtiéndola en panes, que venderían a forasteros venidos de Alconchel e Higuera de Vargas, para luego estos comerciar en sus respectivas poblaciones.

Este pequeño artículo quiere ser un pequeño homenaje, para todos aquellos cheleros y cheleras que en su día sufrieron en sus carnes los avatares y escarnios de una realidad social que supieron superar, gracias a los esfuerzos físicos y sicológicos, desarrollados en torno a las aguas del río. Tiempos donde el sacrificio y sudor de barqueros, pescadores y contrabandistas, sigue aun dejando en el espacio de separación de ambos países, el bálsamo y esencia, de los grandes monarcas y soberanos de la raya, los remeros y contraventores del Guadiana fronterizo.

 Queridos lectores, acercaros a la historia, porque los sucesos y crónicas del pasado son cultura, y la cultura, no es enemiga de nadie.

SED FELICES E ILUSTRAROS




[1] Musulmanes y Cristianos Frente al Agua en las Ciudades Medievales. Escrito por María Isabel del Val Valdivieso, Olatz Villanueva Zubizarreta. Pág. 261.
[2] Ibíd.

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